Bajo el sol del atardecer se pon√≠a en la calle la Archicofrad√≠a de la Sangre para cumplir con la cita anual que mantiene con la ciudad de llevar hasta el centro de la misma a los miles de huertanos que, ataviados con sus t√ļnicas color√°s, llegaron desde diferentes puntos del municipio de Murcia, especialmente del conocido antiguamente como Partido de San Benito.

Es una de las tardes por excelencia dentro de la Semana Mayor de Murcia, donde cientos de tipos de medias de repizco que pasan de generaci√≥n en generaci√≥n se mezclan con las t√ļnicas penitenciales y los encajes de las t√ļnicas del mayordomo, que en muchos casos tambi√©n se heredan de padres a hijos.

El sol se volv√≠a m√°s intenso en las bellas facciones de la Samaritana e iluminaba (debido a la temprana salida) la escena del Lavatorio, el que al grito de ¬°Arriba! no deja a nadie indiferente en su andar y elegancia, como elegancia en las Hijas de Jerusalem o el tallado del San Juan de Dordado, uno de los √ļltimos y queridos pasos murcianos completos, los de dos por vara en tres varas, que abr√≠a paso a la joya del XIX, el paso de la Dolorosa de los Ruiz Funes, la de la Confiter√≠a.

El Se√Īor de la Sangre, como siempre, fue comentado entre el p√ļblico fiel que abarrotaba las calles de la ciudad y que acud√≠an a contemplar las novedades en el itinerario colorao, que apostaba por algunas de las c√©ntricas y estrechas calles de una Murcia del pasado que poco a poco, se nos fue.

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