Eran las nueve de la noche pasadas cuando el portón de la Iglesia de Jesús se abría para dar paso a uno de esos ritos indispensables en la Cuaresma murciana. Era viernes, pero no era esa soleada y barroca mañana del Viernes Santo; era viernes noche, esa noche íntima, fresca y ligera de la primavera murciana.

Como manda la tradición, Ntro. Padre Jesús Nazareno, de la Cofradía del mismo nombre fue trasladado el quinto viernes de Cuaresma hasta el Monasterio del Corpus Christi (Agustinas), desde su recoleta Iglesia privativa. Desde un buen rato antes la gente se agolpaba en la plaza de San Agustín, a la espera de que el Señor que camina con la cruz de los pecados de los murcianos, abandonase a su templo para visitar entrañables y afables monjas.

Ni siquiera la tímida lluvia disipó a los cientos de devotos que allí se agolpaban, pues el Señor iba a salir a la calle. Y salió. Pero esa amenaza de precipitaciones, motivó que se dirigiera al convento por el trayecto más corto posible. Encabezaba el cortejo el Pendón de la Cofradía, seguido de dos filas de alumbrantes con cirio, acólitos, el paso del Señor portado por militares paracaidistas, presidencia y la banda y escolta de la BRIPAC.

Un traslado breve que no impidió que la Murcia de Jesús, disfrutara y rezara ante su Nazareno.

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